WILLKOMMEN

WILLKOMMEN

miércoles, 16 de diciembre de 2009

ESCONDITES

“¿Quién podría reprocharles que también tuvieran miedo? A lo mejor no es de ahora y viene de lejos.”
Gregorio Morán


Camilo Burbano afirma que el miedo no es sólo una reacción bioquímica, sino que va más allá, pues nos mantiene vivos, ya sea por supervivencia o por las leyes que nos permiten convivir y nos hacen humanos. Esta es pues la característica que quiero desarrollar en este ensayo.

Hay varios tipos de miedo: El que sientes cuando te subes a la montaña rusa; está el que te hace luchar contra los ladrones para evitar el robo o el que nos insta a correr o a escondernos cuando nos hemos portado mal y tememos el castigo. Cada persona siente el miedo de diferentes maneras y con mayor o menor intensidad pero al final todo es lo mismo: miedo.

Pero nada iguala al miedo que sentimos cuando nos amenazan con castigarnos, como tampoco al el hecho de saber que se pospone o se evita porque llegó visita. Nada como saber que nos salvamos de morir en un accidente automovilístico, pues no alcanzamos a subirnos. Mis miedos son menos trágicos y comparados con otros sonaran tontos y hasta exagerados; sin embargo, eso me hace humana y me recuerda lo que soy.

Nunca había sentido tanto miedo como el día en que mi papá me dijo: “En la casa hablamos”. Hablar no era precisamente el problema; el problema radicaba en el significado intrínseco de la frase. Mi papá no habla mucho y el hecho de que me lo pidiera era señal de que algo andaba mal. Hablábamos, sí, pero casi siempre terminaba castigada; temía realizar proyectos o decir cualquier cosa por temor a represalias.

Todos en algún momento necesitamos sentir miedo, eso nos permite conocernos y saber cómo reaccionamos ante determinadas situaciones. Encontramos personas que afirman: “Uno nunca sabe cómo va a reaccionar” y es precisamente porque cada situación es diferente, igual que cada persona.

Yo llegaba primero que mis padres a casa y cuando sonaban las llaves y la puerta estaba a punto de abrirse, mi corazón latía a millón, las lágrimas inevitablemente corrían por mis mejillas y todo me temblaba, sólo atinaba a correr, a esconderme en el baño mientras él preguntaba por mí, obvio no podías quedarme en el baño toda la vida y lo inevitable llegaba, pero después de la pela ¡Me sentía tranquila! No entendía entonces pero entiendo ahora, el peligro había pasado, lo que debía ocurrir ya estaba hecho, el momento de epinefrina había acaecido y ahora la calma, y lo sollozos claro.
El miedo a las consecuencias de nuestros actos nos hacen pensar, detenernos y en muchas ocasiones cambiar de opinión. ¿Por qué me escondía cuando llegaban mis padres? Porque había roto, no sólo un objeto, una regla que permitía mantener en orden la casa, cuidar lo que se conseguía con esfuerzo y, aunque el crimen no era igual al castigo, sí representaba un escarmiento y nos mantenía a flote.

No hay comentarios:

Publicar un comentario