WILLKOMMEN

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miércoles, 16 de diciembre de 2009

PEQUEÑOS OLVIDOS

“A menudo he fantaseado con la idea de conocer a todos los amables niños que, al haber en la actualidad atravesado una buena parte de la vida cruel, manejan desde hace tiempo otras cosas que no son juguetes”
Baudelaire.



En las oscuras selvas de la zona minera venezolana, notaba las grandes siluetas que los arboles dibujaban sobre el suelo húmedo y frágil, con sus sombras, mientras mi padre me llevaba sobre sus hombros a la escuela. Las pocas veces que podía caminar me distraía con cualquier objeto: piedras de colores grandes y pequeñas, ramas multiformes y hasta restos de animales disecados, objetos que para mis progenitores no eran más que basura.
Hace mucho tiempo no me sentaba a recordar con detenimiento apartes de mi niñez, tal vez por la prisa, las obligaciones o porque cuando chica anhelaba tanto ser grande que pensaba: “¿Para qué recordar lo que tanto quise olvidar?” Deseaba ser adulta para tomar mis propias decisiones, escoger si quería comer verduras o no y, como dice Baudelaire, refiriéndose al juguete que tomó de la tienda: “Me apodere del más bonito, del más caro, del más llamativo, del más vivo, del más extraño de los juguetes”. Pero al final termino resignándome al igual que el escritor: “Para llegar a un acuerdo me conformé con un justo medio”
Hace mucho olvidé lo que era ser niña; de pronto, en ocasiones, ostento algunas actitudes infantiles pero nada que me remita a mis primeros años. Téllez asegura literalmente que “En el curso de la existencia los hombres olvidamos como fue las infancia”, y en esto estoy de acuerdo, pues ahora son otros los compromisos, las responsabilidades y los problemas. Muchos niños deben preocuparse sólo por estudiar, comer bien y obedecer al oír: “Ver y no tocar…”.Pero cuando la edad aumenta, las cosas son diferentes, si no estudias, tienes menos posibilidades de trabajo; si no comes bien, te enfermas y quien te va a lidiar. Y si tocas lo que no es tuyo corres el riesgo de que alguien acabe con tu vida. No estoy justificando los malos tratos de muchas personas hacia los infantes por el hecho de haber tenido una vida dura,, sólo quiero poner sobre la mesa las dos partes.

No es que se nos olvide que fuimos niños sino que con la edad la existencia se complica; por eso no todas las personas deben ser padres, pediatras y en nuestro caso profesores, pues es difícil separar el diario vivir del trabajo con los pequeños. “El niño ve el mundo físico y, desde luego, el llamado mundo moral, bajo otra luz, con otras dimensiones, con un misterioso y mágico criterio que los hombres no entienden”, dice Téllez. Entonces ¿Cómo nos preparamos para enseñar si nunca vamos a lograr entender el misterioso y mágico criterio de las dimensiones infantiles? La respuesta es simple: No tenemos que comprender, con guiarles basta. Voltaire afirma: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. De pronto no comprendemos lo que piensen y nos suene ilógico pero también fuimos niños y como resultado de esa guianza está lo que somos ahora.

Debemos evitar a toda costa repetir los errores de algunos adulto que ahora nos tienen pagando, aunque nuestra infancia estuvo llena de “pequeños dramas crueles”. Si cuando niños los adultos, en su impotencia, nos malograban, sería justo que conociendo la historia no la repitiéramos. Debemos celebrar el hecho de que los pequeños no fingen, no disimulan, muchas veces pase por imprudente con los amigos de mis padres, cuando caminábamos juntos a la escuela, pues los hacía quedar mal con comentarios imprudentes, pero precisamente por la inocencia que me caracterizaba. Qué mejor que mantener estas características hasta la muerte, pero asumo que con el tiempo, los niños de ahora, llegaran a ser lo que somos nosotros ahora, no todos, pero sí la mayoría olvidara lo que fueron.

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